Los árboles se agitaban incitados por el viento y aquel
suave movimiento siempre me había hecho cosquillas en el corazón. Ahora estaba
frente a unos ojos que no me soltaban, los mismos que me habían separado del
cielo.
- ¡Cuando coño madurarás Ana! -.
Aquella mirada tenía nombres y apellidos con la cual había convivido
nueve años de mi vida y desde hace dos había dejado de prestarla atención,
desde hace dos años cuando comencé a darme cuenta de que mi amor por él me
estaba costando el mío propio.
Me levanté del sofá sin mediar palabra, como si la milésima
discusión sobre el mismo puto tema me diera exactamente igual, si, como si no
tuviera que ver conmigo ya, sino con la Ana que hacía tiempo que no sentía.
- ¿Otra vez huyendo?, ¿En serio?, ¡Ven aquí Ana! –
gritaba, vociferaba como un loco - ¡Eres una puta niñata! -.
Y ahí iba, otro insulto más para la colección.
No sé si era un mecanismo de defensa de mi cerebro, pero
aquellas palabras mal sonantes habían dejado de afectarme y en vez de ponerme a
llorar como lo hubiera hecho normalmente, me giré hacia su posición tan solo
unos segundos, observé a lo que un día fue la persona más importante de mi vida
con un gran sentimiento de desprecio y me fui.
No recuerdo cuanto tiempo conduje, pero cuando me quise dar
cuenta estaba allí, frente a los árboles agitados por el viento y una punzada
en el pecho me descosió todos los insultos juntos haciendo que un profundo
llanto saliera de mí.
- ¿Hace cuánto tiempo dejaste de existir? -.
Levanté la cabeza sobresaltada y una figura con una túnica
morada estaba paralela a mí, mirando hacia el mismo lugar que yo, mis latidos
se aceleraron e hice el amago de irme corriendo, pero mi cuerpo se paralizó por
completo, como si me hubiera convertido en una roca en un abrir y cerrar de
ojos.
- ¿Otra vez huyendo? -.
- ¡Qué cojones me has hecho! -.
- ¿No crees que tú pregunta está mal formulada? -.
Mi cuerpo empezó a temblar, sentía que me moría, mi
frecuencia cardiaca estaba cada vez más elevada y una oscuridad se cernía sobre
mi cabeza.
- ¿Me vas a matar? -.
- ¿No estás ya muerta? -.
- ¿Qué? -.
Mi respiración se entrecortaba, sentía como si en cualquier
momento mis alveolos fueran a cerrarse, dejándome sin vida en un instante. ¿Así
era como iba a morir? Sola, sin haber hecho todo lo que yo deseaba, sin haber
cumplido mis sueños, sin haber vivido lo que era realmente el amor.
Aquella figura seguía a mi lado, inmóvil, pero cuanto más trataba
de alejarme de ella, más dolor me infringía.
- ¡Basta, por favor! -.
- ¿Por qué me abandonaste? -.
- ¿Yo?, ¡pero si ni si quiera sé quién eres! -.
Dio dos pasos hacia adelante y señaló dos pájaros que
sobrevolaban el cielo.
- ¿Lo recuerdas? – exclamó mientras se iba
sentando al filo del acantilado.
Claro que lo recordaba, lo bien que me hacía sentir observarlos, la de veces que había estado en aquel lugar imaginando que era uno más aleteando.
De repente sentí una acorazonada, como si aquella figura fuera...
Me abalancé sobre ella quitándole la capucha y un largo
cabello castaño cayó por todos lados como una fuente inagotable de vida, tenía
tonos dorados exaltados por los rayos del sol.
Se giró con lágrimas en los ojos y pude observar su rostro.
- Eres…-.
- El cielo, los árboles, el atardecer, los
pájaros, papa y mamá…- siguió nombrando amores que olvidé por haber estado
mirando tan solo a un ser que ni si quiera observaba mis cerezos en flor, hasta
que finalmente lo dijo – soy tú.
Le acaricié el rostro como si se tratara de un espejo,
sintiendo que por fin me tenía.
- Es hora de irme -.
- ¿Por qué? -.
- Porque aún sigues desangrándote –.
Me toqué el pecho palpando la herida abierta que atravesaba
el tejido de mi sudadera y cuando volví a mirar hacia el acantilado yo ya no
estaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario