lunes, 26 de febrero de 2024

Crisis de identidad.

Los árboles se agitaban incitados por el viento y aquel suave movimiento siempre me había hecho cosquillas en el corazón. Ahora estaba frente a unos ojos que no me soltaban, los mismos que me habían separado del cielo.

-      ¡Cuando coño madurarás Ana! -.

Aquella mirada tenía nombres y apellidos con la cual había convivido nueve años de mi vida y desde hace dos había dejado de prestarla atención, desde hace dos años cuando comencé a darme cuenta de que mi amor por él me estaba costando el mío propio.

Me levanté del sofá sin mediar palabra, como si la milésima discusión sobre el mismo puto tema me diera exactamente igual, si, como si no tuviera que ver conmigo ya, sino con la Ana que hacía tiempo que no sentía.

-         ¿Otra vez huyendo?, ¿En serio?, ¡Ven aquí Ana! – gritaba, vociferaba como un loco - ¡Eres una puta niñata! -.

Y ahí iba, otro insulto más para la colección.

No sé si era un mecanismo de defensa de mi cerebro, pero aquellas palabras mal sonantes habían dejado de afectarme y en vez de ponerme a llorar como lo hubiera hecho normalmente, me giré hacia su posición tan solo unos segundos, observé a lo que un día fue la persona más importante de mi vida con un gran sentimiento de desprecio y me fui.

No recuerdo cuanto tiempo conduje, pero cuando me quise dar cuenta estaba allí, frente a los árboles agitados por el viento y una punzada en el pecho me descosió todos los insultos juntos haciendo que un profundo llanto saliera de mí.

-        ¿Hace cuánto tiempo dejaste de existir? -.

Levanté la cabeza sobresaltada y una figura con una túnica morada estaba paralela a mí, mirando hacia el mismo lugar que yo, mis latidos se aceleraron e hice el amago de irme corriendo, pero mi cuerpo se paralizó por completo, como si me hubiera convertido en una roca en un abrir y cerrar de ojos.

-          ¿Otra vez huyendo? -.

-         ¡Qué cojones me has hecho! -.

-        ¿No crees que tú pregunta está mal formulada? -.

Mi cuerpo empezó a temblar, sentía que me moría, mi frecuencia cardiaca estaba cada vez más elevada y una oscuridad se cernía sobre mi cabeza.

-         ¿Me vas a matar? -.

-         ¿No estás ya muerta? -.

-         ¿Qué? -.

Mi respiración se entrecortaba, sentía como si en cualquier momento mis alveolos fueran a cerrarse, dejándome sin vida en un instante. ¿Así era como iba a morir? Sola, sin haber hecho todo lo que yo deseaba, sin haber cumplido mis sueños, sin haber vivido lo que era realmente el amor.

Aquella figura seguía a mi lado, inmóvil, pero cuanto más trataba de alejarme de ella, más dolor me infringía.

-         ¡Basta, por favor! -.

-        ¿Por qué me abandonaste? -.

-        ¿Yo?, ¡pero si ni si quiera sé quién eres! -.

Dio dos pasos hacia adelante y señaló dos pájaros que sobrevolaban el cielo.

-        ¿Lo recuerdas? – exclamó mientras se iba sentando al filo del acantilado.

Claro que lo recordaba, lo bien que me hacía sentir observarlos, la de veces que había estado en aquel lugar imaginando que era uno más aleteando.

De repente sentí una acorazonada, como si aquella figura fuera...

Me abalancé sobre ella quitándole la capucha y un largo cabello castaño cayó por todos lados como una fuente inagotable de vida, tenía tonos dorados exaltados por los rayos del sol.

Se giró con lágrimas en los ojos y pude observar su rostro.

-        Eres…-.

-        El cielo, los árboles, el atardecer, los pájaros, papa y mamá…- siguió nombrando amores que olvidé por haber estado mirando tan solo a un ser que ni si quiera observaba mis cerezos en flor, hasta que finalmente lo dijo – soy tú.

Le acaricié el rostro como si se tratara de un espejo, sintiendo que por fin me tenía.

-        Es hora de irme -.

-       ¿Por qué? -.

-        Porque aún sigues desangrándote –.

Me toqué el pecho palpando la herida abierta que atravesaba el tejido de mi sudadera y cuando volví a mirar hacia el acantilado yo ya no estaba.


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